Hay viajes de los que es mejor no volver o transformaciones con las que es mejor que nos volvamos irreconocibles. Hay veces que nos convertimos en un espejo roto de lo que fuimos, una imagen distorsionada de nosotros mismos. Nos reconocerán por las piezas que quedan pero no por el puzzle entero. Cuando pasa, la ternura de los que nos rodean se convierte en algo despiadado. Saber que nuestra mera existencia es dolorosa, que estar de pie enfrente de alguien que nos aprecia, nos quiere o nos ama causa más dolor que alivio, que era mejor no haber vuelto y asumir que la imagen que tienen de nosotros ya no existe.
“Nuestras esposas bajo el mar”, de Julia Armfield, parte de la premisa de que hay viajes que no nos devuelven a nuestros seres queridos sino un receptáculo vacío de esa persona. Es un sarcófago, un vial, una insignificante vasija de alguien que ya no existe. Y, ante esa situación, ¿qué hacemos con todo el amor que nos queda por dar y todo el dolor que lo está sustituyendo? ¿Donde ponemos todos los recuerdos que con ternura manteníamos en un espacio seguro y que ahora están contaminados por la angustia y el miedo que nos provoca haber perdido a alguien tan cercano?
Miri y Leah son una pareja. Miri es insegura, socialmente distante y algo co-dependiente. Leah es creativa, bióloga marina y algo excéntrica. Un buen y aciago día, Leah se embarca en una expedición submarina de tres semanas que dura seis meses. Al volver, ya no es la misma. Algo que pasó a miles de metros bajo el mar la ha cambiado para siempre y ya no volverá a ser la Leah de antes. Miri debe hacer frente a estos cambios, como pueda y cuando pueda, tras haberse hecho a la idea de que, a lo mejor, Leah ya no volvería.
“Nuestras esposas bajo el mar” es un libro que habla del duelo por algo que no ha pasado todavía, de manejar la idea de una relación que ya no existe y de la lucha por traerla de vuelta. Habla de ternura, de intimidad, de nostalgia, de océanos, de amistad, de dudas, de inquietudes, de miedos, de celos y hasta de religión. Habla de familia allá donde puedan formarse y habla de aceptar el duelo abrazándolo.
No os diré más porque me rompió el corazón tanto que no puedo seguir leyendo el libro para el club de lectura que tengo este mes. Aunque espero poder seguir y contarlo, una parte de mi se ha quedado en este libro y otra parte en la profundidad del océano, de donde quizás Leah no debió volver. Os invito a leerlo y que me digáis que os parece. A mi me hizo llorar, y me temo que, muy probablemente, también os haga llorar a vosotros.